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Gran historia del Fotógrafo documentalista

Steve McCurry

Steve McCurry

Empezó en la Universidad del Estado de Pennsylvania, donde cursó estudios de cine e historia. Tras graduarse con matrícula en 1974, empezó su carrera como fotógrafo en un periódico de Filadelfia natal. Sin embargo el mundo de los periódicos y las fotografías en blanco y negro se le quedó pequeño. Tras cuatro años en el diario empezó a trabajar como freelance con el objetivo de realizar reportajes sobre geografía, sociedad y política para revistas. Su primer éxito fotográfico fue la publicación en el New York Times, dando voz e imagen a una guerra que se estaba gestando en Afganistán y Pakistán. Fotógrafo documentalista Steve McCurry

Su valentía armado simplemente con una cámara fotográfica hizo que diversos medios le encargaran varios trabajos, entre ellos la revista Time, para quienes cubrió la guerra en 1980. Precisamente en esta época McCurry inició su relación con National Geographic, pidiéndole diversos reportajes sobre variadas temáticas. Pero el punto álgido de la relación de McCurry y National Geographic llegaría con la publicación de, probablemente, la portada de una revista más famosa de la historia. La portada de National Geographic de 1985 de una refugiada afgana terminó consagrándole como un gran fotógrafo. Es ahi cuando empezó la Gran historia del fotógrafo documentalista Steve McCurry

Sharbat Gula

El retrato de Steve McCurry resultó ser una de esas imágenes que llegan al alma, y en junio de 1985 apareció en la portada de esta revista. Sus ojos son verde mar y en su mirada, inquieta e inquietante, se puede leer la tragedia de un país asolado por la guerra. En National Geographic fue bautizada como la muchacha afgana, y durante diecisiete años nadie supo su nombre. En enero, un equipo del programa EXPLORER de National Geographic Television & Film acompañó a McCurry hasta Pakistán en busca de la chica de los ojos verdes. Mostraron su fotografía por todo Nasir Bagh, el campo de refugiados aún existente en las inmediaciones de Peshawar donde se había tomado la foto. Una maestra de la escuela dijo conocer su nombre: Alam Bibi. La joven fue localizada en una aldea cercana, pero McCurry determinó que no era ella.Así lo confirmó un hombre que sí conocía a la niña de la foto. En su infancia habían estado juntos en el campo. Dijo que había regresado a Afganistán hacía varios años y que ahora vivía en las montañas cercanas a Tora Bora. Se ofreció a ir a por ella. Tardaron tres días en llegar. El pueblo está a seis horas en coche más otras tres de caminata por una frontera que devora vidas humanas. Cuando McCurry la vio aparecer, se dijo: Es ella.

 Los ojos de SharbatSe

llama Sharbat Gula, y es una pashto, la más belicosa de las tribus afganas. De los pashto se dice que sólo están en paz cuando hacen la guerra, y en los ojos de Sharbat –en los de entonces y en los de ahora– arde la fiereza. Tiene 28 años, quizá 29, o 30. Nadie, ni siquiera ella, lo sabe con certeza. Los datos fluctúan como la arena en un lugar donde no existen los registros. El tiempo y la adversidad han borrado la juventud de su rostro. Su piel parece de pergamino, las líneas geométricas de su mandíbula se han atenuado, pero sus ojos todavía fulguran. Ha tenido una vida terrible –dijo McCurry–. Muchos aquí comparten su experiencia. Revisemos las cifras: 23 años de guerra, 1,5 millones de muertos, 3,5 millones de refugiados. Ésta es la historia de Afganistán en el último cuarto de siglo. Examinemos ahora la fotografía de la joven con ojos verde mar, unos ojos que nos desafían y, sobre todo, nos perturban. No podemos apartar la mirada de ellos.

No hay una sola familia que no conozca el amargo sabor de la guerra

Declaraba un joven comerciante afgano en el reportaje publicado por la Geographic en 1985 con la foto de Sharbat en portada. Era una niña cuando su país cayó en las garras de la invasión soviética. Una oleada de destrucción arrasó múltiples aldeas como la suya. Con seis o siete años vio morir a sus padres bajo las bombas. De día el cielo escupía terror. Por la noche enterraban a los muertos. Y a todas horas la atravesaba el espanto que le producía el ruido de los aviones

Cuando vio la foto por primera vez, se avergonzó de los agujeros del chal rojo. Dijo que se lo había quemado en unos fogones. Le satisface haber sido fuente de inspiración, pero no creo que la fotografía signifique nada para ella. Lo único que le importa son su marido y sus hijas.

lla recuerda el momento. El fotógrafo la enfocó y disparó. Recuerda su enfado. Aquel hombre era un desconocido. Nunca la habían fotografiado, y hasta que volvieron a encontrarse diecisiete años más tarde, nadie había vuelto a hacerlo.También el fotógrafo recuerda el momento. Había una luz suave. El campo de refugiados en Pakistán era un océano de tiendas. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar. «No pensé que su fotografía sería diferente de cualquier otra que había hecho ese día», recuerda de aquella mañana de 1984 que pasó documentando la odisea de los refugiados de Afganistán.

 

 

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